Volcán Turrialba |
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Una enorme montaña de fuego que de lejos parece dormitar, eleva su cumbre ondulada entre bancos de nubes al final de la cordillera volcánica Central. Sus brazos montañosos, que conforme descienden se tornan en potreros de árboles cenizos, cultivos de hortalizas y pequeños poblados, acarician la ciudad de Turrialba, ubicada justo a sus faldas. Pese a que el último período eruptivo del volcán Turrialba fue de 1864, sus activas fumarolas son testigos de la gran actividad que se fragua en el interior de este gigante. Su cima, que se eleva aproximadamente a 3,340 msnm, está coronada por tres cráteres: el oriental, el central y el occidental. El central es el más grande y cuenta tanto con actividad fumarólica como con la presencia de depósitos de azufre, mineral que era extraído artesanalmente todavía algunos años atrás. El cráter occidental también es centro de esa gran actividad de calor y gases, mientras que el cráter oriental, que no presenta ningún tipo de actividad desde hace más de un siglo, tiene la particularidad de servir como camino para los productores de queso que viven al noreste del volcán y que necesitan sacar sus productos al mercado. El visitante de este Parque Nacional tiene la oportunidad inusual de caminar por los áridos cráteres del coloso, abundantes en rocas de diversa tonalidades y vegetación enana, entre la que sobresalen flores de colores intensos. Es posible percibir, incluso, el calor de los gases bajo los pies y admirar la energía que, en forma de fumarolas, escapa de los grises de sus empinada paredes. En días despejados, una vista panorámica deja atrás la cortina de nubes y despliega, como un lienzo gigante, la totalidad de la cordillera volcánica Central, el río Toro Amarillo, el lago de Nicaragua y la costa caribeña del país. El gobernador Diego de la Haya fue el primero en registrar, en 1723, la actividad fumarólica, entre moderada y fuerte, que experimentaba el Turrialba por aquellos días. Sin embargo, la erupción más grande ocurrida en tiempos históricos fue la de 1864, cuando el coloso lanzó erupciones de ceniza durante cinco días, las cuales llegaron incluso hasta Atenas y Grecia, en la provincia de Alajuela; en 1866, la ceniza seguía cayendo y esta vez se extendió hasta el puerto de Corinto en el Pacífico de Nicaragua. A partir de entonces la actividad ha sido fumarólica; en 1920, esta vigorosa emisión de gases fue descrita por el periódico La Tribuna como el "desprendimiento de densas columnas de humo y vapores sulfurosos que se elevan a gran altura". Estiman los vulcanólogos que, en los últimos 3500 años, el Turrialba ha experimentado, al menos, seis eventos explosivos. En la actualidad las fumarolas se mantienen muy activas en los cráteres central y occidental, con temperaturas entre 89°C y 92°C. Las empinadas faldas del volcán están cubiertas en forma parcial por bosque. En altitudes mayores a 2,440 msnm, existen árboles de formas retorcidas y pequeñas copas, como las de los robles (Quercus sp) y arbustos cubiertos de musgo y epífitas, como los arrayanes. Aunque la fauna silvestre no es muy abundante, sobresalen las aves, de las cuales se han identificado 84 especies, como es el caso de jilgueros, quetzales tangaras y reinitas. El macizo del volcán Turrialba también es el origen de las nacientes de importantes ríos que descienden hacia la vertiente del Caribe, como el Aquiares, el Turrialba, el Bonilla y el Guayabo, todos ellos afluentes del río Reventazón. El contar a sus pies con el sitio arqueológico más importante del país, El Monumento Nacional Guayabo, convierte al Turrialba en un símbolo místico de gran valor tanto para las culturas indígenas ancestrales que habitaron la región entre los años 500 a.C. a 1000 d.C., como para aquellos visitantes que aceptan el reto de caminar hasta su cima. El respeto de las culturas indígenas hacia el poder del coloso se refleja en una de las teorías que existen sobre su nombre; esta señala que la palabra "Turrialba" proviene de los vocablos huetares "turin", que significa "fuego"; y "aba"; "rio", por lo que "Turrialba" vendría a ser "Río de Fuego". Otra teoría sostiene que el nombre fue puesto por los españoles, quienes se quedaron sorprendidos al ver un volcán que lanzaba humo blanco y por eso le dieron el nombre de "Turrialba", que se origina de las palabras "turris" (torre) y "alba" (blanco) y que, con el paso del tiempo, devino en "Turrialba". Con este nombre se conoce también al fértil y próspero valle ubicado en la falda occidental del volcán.
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