Volcán Irazú

Costa Rica Linda             Volcanes de Costa Rica
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El Irazú, anclado en las cumbres de la cordillera volcánica Central a 3,432 msnm, se yergue el coloso más alto e históricamente más activo del país. Su nombre, derivado del vocablo indígena "Istarú", que significa "cerro del temblor y del trueno", refleja la marcada huella que sus ciclos eruptivos han forjado en la memoria histórica del país. Es también uno de los 26 parques nacionales que existen en Costa Rica, establecido como área protegida en 1955, y el cual forma parte del Area de Conservación Cordillera Volcánica Central.

Una de sus características es que constituye un estratovolcán, es decir, se encuentra formado por diferentes capas de material volcánico acumulado debido a su intensa actividad. El coloso, que constituye un volcán activo de forma subcónica irregular con la presencia de fumarolas, cuenta con cinco cráteres: el principal, el Diego de la Halla, el Playa Hermosa, el cráter La Laguna y el Piroclástico.

En su cráter principal, que mide más de un km de diámetro y 300 m de profundidad, descansa la hermosa laguna sulfurosa de color verde turquesa que los viajeros esperanzados buscan antes  de que la nubosidad los prive con su manto impenetrable. Esta laguna mantiene una temperatura promedio de 35°C, y alcanza los 70°C en los lugares más cercanos a las fumarolas.

Cerca del cráter un amplio paisaje semidesértico, de grandes pendientes y gigantescas acumulaciones de ceniza volcánica, que bien podría asemejar una parte de la superficie lunar, se abre a la vista en medio de la brisa helada y descubre a sus contornos la vegetación achaparrada tipo andina que caracteriza la cima del coloso. Plantas de hojas pequeñas y gruesas, algunas de color rojizo por poseer sustancias que les permiten reducir el impacto de la radiación solar, sobreviven diariamente a los fuertes vientos y a los cambios bruscos de una temperatura que varía entre los 17°C y -3°C. Algunas de estas son el arrayán (Pernetia postrata), la sombrilla de pobre (Gunnera insignis) y el pepinillo (Senecio oerstedianus).

En otros sectores del Parque, se pueden observar especies características de ambientes de altura como el roble (Quercus sp) y el madroño (Weinmania pinnata), los cuales se revisten con musgos de diversas tonalidades de verde, con plantas epífitas de diferentes tamaños y en algunos casos son víctimas también de parásitas como el vistoso matapalo (Psittacanthus shiedeanus).

La fauna es escasa debido a las condiciones difíciles, pero es posible encontrar aves como el junco vulcanero ( Junco vulcanis), el carpintero careto (Melanerpes formicivorus) y el yigüirro escarchero (Trudus nigrescens); y mamíferos como el coyote (Canis latrans), el conejo (Sylvilagus brasiliensis), la ardilla (Sciurus granatensis) y el puercoespín (Coendou mericanus).

Gracias a la altura, la cima del Irazú descubre también uno de los puntos más imponentes de la cordillera volcánica Central, desde el cual, en días despejados, es posible observar ambos océanos.

En 1732, cuando Costa Rica era aún una lejana provincia del Reino de Guatemala, Diego de La Haya, gobernador de Cartago, la entonces capital de Costa Rica, redactó el primer escrito que sobre una erupción volcánica data en el país. Fue uno de los tantos despertares de este coloso, dormido en apariencia, el cual asustó a una Costa Rica ignorante de los procesos geológicos que experimentaba y aferrada fuertemente a la tradición religiosa católica. Rezan los escritos que "se oyó grande trueno en la región y vino a amanecer a las diez por ser muchísimas las cenizas que llovían". También se señala que en uno de los días de mayor actividad "fue continuando su fuego el volcán, con grandes humaredas, formando celajes copados como si fueran de nieve". La actividad en ese entonces la ostentaba el cráter conocido hoy como Diego de La Haya, que en la actualidad se encuentra inactivo. El pueblo, asustado, se dedicó a realizar actos religiosos como la procesión general "donde concurrieron más de 400 personas con penitencias, el señor vicario y clerecía y la religión seráfica con coronas de espinas en las cabezas, sogas en las gargantas y crucifijos en las manos".

La fina y perniciosa ceniza, como la llamaba don Diego de La Haya, y que cubría desde ojos, narices y bocas hasta ríos y poblados enteros, se repitió varias veces más. Las mayores erupciones se dieron en el período que va de 1917 a 1921, cuando después de un año de iniciada la actividad volcánica, las cenizas llegaban incluso al golfo de Nicoya. También en 1960 y coincidiendo con la visita al país del entonces presidente estadounidense John F. Kennedy, el coloso volvió a oscurecer el cielo con su columna de cenizas, piedras y gases que se elevaron a una altura de más de 500 metros sobre su cráter; esta intensa actividad se prolongó por 30 meses, durante los cuales hubo días en los que la ceniza no permitió la visibilidad a 30 metros de distancia y los peatones debían usar sombrillas o cubrirse con plásticos; el diámetro del cráter creció y su fondo fue ocupado por una laguna; más allá, el Irazú devastó una zona de 300 kilómetros cuadrados, incluyendo el desbordamiento del río Reventazón, que afectó seriamente a la comunidad de Taras; la colada de Cervantes, la última efusión de lava, fácilmente discernible en el terreno, exhibe las huellas de su recorrido en la falda sureña del volcán.

Otros períodos eruptivos han estado marcados principalmente por el lanzamiento de columnas de ceniza y una intensa actividad fumarólica. En años recientes, salvo por períodos de actividad menor que han provocado cambios en la presencia y color de su laguna y alguna avalancha de materiales, el Irazú se encuentra calmo en apariencia, la vegetación ha crecido en sus laderas, las tierras fértiles de sus faldas han sido ocupadas nuevamente por cultivos agrícolas, y sus nacientes alimentan cuencas de vital importancia como las de los ríos Chirripó, Sarapiquí, Reventazón y Grande de Tárcoles. Hoy es también uno de los parques nacionales que mayor fascinación crea entre nacionales y extranjeros, no solo por su fácil acceso por carretera, sino también por las múltiples historias que tiene para contar.