La Fe
e es la seguridad de que una cosa sea cierta o la certeza de que un evento vaya a ocurrir.
Es conveniente entender que la palabra fe tiene por lo menos dos significados,
uno relacionado con las cuestiones religiosas, y otro con una forma de ser humana;
individual y colectivas ambas, pero diferentes en sus fines,
ya que religiosamente la fe acepta como verdadero lo que Dios revela,
o lo que alguien dice que es revelación divina; mientras que la fe que no
traspasa los límites humanos acepta como verdadero el testimonio de un
testigo en cualquier ámbito de las relaciones individuales y sociales.
La fe como creencia es cosa religiosa, y en eso se debe apuntar que no hay religiones sin fe. Los cristianos decimos que la fe es un don gratuito de Dios, pero lo mismo pueden decir las otras religiones en el campo de su propia doctrina. Lo malo de esta afirmación es que resulta exclusivista y descalificadora, ya que cada religión propondrá y defenderá su propia fe como la verdadera, apartando a las otras como falsas.
Esta limitación de la fe como virtud teologal es la diferencia esencial de la fe como valor humano, según entendemos nosotros este asunto, y así lo proponemos. En otras palabras, la fe como valor humano es una práctica de vida, es una conducta del hombre que acepta libremente como verdadero el testimonio de un testigo.
Cabe aclarar que tal aceptación no es ciega. Suceden dos cosas antes: la primera, que el testigo tiene autoridad y conocimientos para dar testimonio; y segundo, que el testimonio es verosímil. Viene enseguida el acto humano; es decir, la voluntad libre de dar su adhesión al testigo, y su aceptación al testimonio.
De esta manera la fe como valor humano no conoce las limitaciones de la fe teologal, y dice, por ejemplo: en cuanto que todas las religiones muestran caminos para llegar a Dios, a partir de la fe de todas ellas en su doctrina para alcanzarlo, todas son verdaderas, ya que Dios (el testigo) ha llamado a la salvación a todos los hombres mediante el testimonio de una vida que cumple las obligaciones para con Dios mismo, para con los demás, y para cada cual en lo personal.
Este valor se muestra no sólo en lo grandioso, como es eso de la salvación, y como puede ser cuando decimos que tenemos fe en la humanidad, en su destino, o que la tenemos en nuestro país y en un proyecto de nación. También se muestra en otras no tan grandes, pero de un testimonio trascendente personal o social, como cuando decimos que tenemos fe en los hombres de ciencia, en los dirigentes sociales (políticos o religiosos), o simplemente, sin decirlo, en la palabra de quienes conviven con nosotros ordinariamente.
O no le tenemos fe a ninguno. Porque la Fe como valor puede no poseerse y entonces seremos desconfiados. La falta de fe como virtud teologal suele acabar en el ateísmo. Sin embargo, el ateo tiene fe en su ateísmo y le da valor de verdad. Los hombres sin fe caen en la desconfianza, en la incredulidad, en el escepticismo, en la incertidumbre, y hasta en la duda de todo y de todos. Estos extremos son muy nocivos al individuo, y perjudiciales socialmente.
Otro aspecto es el de quienes abusan de la fe de las personas. Es importante no perder de vista la diferencia, pues ahora estamos hablando del testigo, el cual, basado en su autoridad y en sus conocimientos puede tomar dos actitudes incorrectas: ofrecer un testimonio falso, o solicitar una compensación desmesurada a cambio de su testimonio.
En ninguno de los dos casos tienen culpa o desmerecimiento quienes otorgan su fe al testigo abusivo; por el contrario, si una vez descubierto el engaño los hombres de fe no la pierden, aumentarán su virtud, mientras que los abusivos quedarán como mentirosos. Los casos de abuso en la fe de los demás suelen ser comunes en la política y en la religión, sobre todo en cuanto a la petición de compensaciones.
Hay dos extremos de abuso de fe. En la política solemos identificarlo con la dictadura, y en la religión con el fanatismo; en ambos se puede decir que son inducciones exageradas por la ignorancia y la intolerancia. Los excesos a que ambos se prestan de ninguna manera son imputables a quienes han prestado su fe, sino a quienes han abusado de ella, o sea los dirigentes políticos o religiosos. En el lenguaje coloquial acostumbramos decir que alguien abusa de la buena fe de otro.
Hay que insistir en esto de la responsabilidad del testigo o (líderes políticos o religiosos, periodistas, o simplemente un amigo que nos merece confianza) que abusa de la fe de los demás, porque es común tratar vulgarmente al engañado como un tonto. Independientemente de la existencia de tontos que se dejan engañar, no podemos considerar en esa categoría a quienes validos de la autoridad y conocimientos del testigo o de la verosimilitud del testimonio, prestan su fe y caen en un engaño. Los que así actúan, los engañadores, mentirosos y abusivos, pagan muy caro el daño que hacen.
El hombre que posea la fe como valor humano no conoce la desconfianza ni el desengaño, porque actúa con prudencia, con lealtad a sí mismo y hacia los demás, y con fidelidad a otros valores, como lo son la verdad, la religiosidad y el amor. Por eso también se dice que la fe tiene altos premios: el ver a Dios aquí mismo, la capacidad de mover montañas, la identificación con la humanidad.
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